Evangelios Apócrifos

Evangelios Apócrifos. Evangelio Armenio de la infancia 7 parte.-

De cómo la Sagrada Familia marchó a la tierra de Canaán.
Travesuras inlantiles de Jesús

XVIII 1. Al despuntar el día, José, con María y con Jesús, marchó a la tierra de
Canaán, deteniéndose en una ciudad que había por nombre Mathiam o Madiam. Y
Jesús tenía entonces seis años y tres meses. Y sucedió que, circulando por la ciudad,
vio, en cierto lugar, un grupo de niños, y se dirigió hacia ellos. Y algunos, al ver que se
acercaba, dijeron: He aquí que llega un niño extranjero. Pongámoslo en fuga. Mas
otros dijeron: ¿Y qué mal puede hacernos, puesto que es un niño como nosotros?
2. Y Jesús fue a sentarse junto a ellos, y les preguntó: ¿Por qué permanecéis en
silencio, y qué os proponéis hacer? Respondieron los niños: Nada. Mas Jesús insistió:
¿Quién de vosotros conoce algún juego? Los niños replicaron: No conocemos
ninguno. Jesús exclamó: Mirad, pues, todos, y ved. Y, tomando barro de la tierra,
amasó con él una figura de gorrión, soplé sobre su cabeza y el pájaro, como animado
por un hálito de vida, echó a volar. Y Jesús dijo: Ea, id y atrapad a ese gorrión. Y ellos
lo contemplaban embaídos y se maravillaban del milagro realizado por Jesús.
3. Y, amasando otra vez polvo del suelo, lo esparció por el aire hacia el cielo. Y el
polvo se trocó en gran cantidad de moscas y de mosquitos, de los que toda la ciudad
quedó llena y que molestaban en extremo a hombres y a animales. Y de nuevo tomó
barro, con el que formé abejas y avispas, que echó sobre los niños, conmoviéndolos y
alarmándolos en grado sumo. Porque aquellos insectos, cayendo sobre la cabeza y
sobre el cuello de los niños, se deslizaban por dentro de su ropa hasta su pecho y los
picaban. Y ellos lloraban y se movían de un lado para otro, dando chillidos. Mas Jesús,
para apaciguarlos, los llamaba con dulce acento y, pasando su mano por las picaduras,
les decía: No lloréis, pues vuestros miembros no sufren ya ningún daño. Y los niños se
callaban. Y los habitantes de la ciudad y de la región, viendo tales prodigios, se decían
los unos a los otros: ¿De dónde nos viene esta invasión de moscas y de mosquitos, que
ha infestado nuestra población? Los niños dijeron: Viene de un muchacho, hijo de un
viejo extranjero de cabellos blancos, que há obrado este prodigio. Y todos clamaron a
una: ¿Dónde está? Los niños dijeron. No lo sabemos. (Porque Jesús había huido de allí
y se había ocultado a sus miradas.) Y los que oían hablar de todas las obras de Jesús,
deseaban verlo y exclamaban: Esto es cosa de Dios y no de un hombre.
4. Y, a los tres días, ocurrió que Jesús fue a circular secretamente por la ciudad. Y
prestaba oído a los discursos de las gentes, que murmuraban entre sí: ¿Quién ha visto,
en esta ciudad, al hijo de un anciano canoso, de quien todo el mundo atestigua que
hace milagros que nuestros dioses no saben hacer? Otros comentaban: Decís verdad,
pues ese niño sabe hacer todo lo que quiere. Y Jesús, habiendo oído esto, volvió
silenciosamente a su casa y se escondió en ella, para que nadie supiese nada. Empero,
varios días después, Jesús marchó a reunirse con los nenes de su edad, en el sitio en
que estaban. Y, habiéndolo divisado, todos fueron alegremente al encuentro suyo. Y se
prosternaron ante él, diciéndole: Bien venido seas, Jesús, hijo de un anciano venerable.
¿Por qué has desaparecido, privándonos de tu presencia, durante los muchos días que
no has venido a este lugar? Todos nosotros… (Aquí hay, en el manuscrito, una laguna,
después de la cual el texto vuelve a tomar el hilo de la narración por el tenor
siguiente:)… Y llegaron allí llorando y le hicieron gran duelo. Y el niño tenía siete
años. Y, pasada una hora, los padres del pequeño preguntaron: ¿Dónde está ese
muchacho, que ha matado de una pedrada a nuestro hijo? Todos respondieron: Lo
ignoramos. Y los padres, levantando el cadáver, lo llevaron a su casa. Y fueron a ver al
juez de la ciudad, a quien contaron toda la historia. Y el juez ordenó que se detuviese a
los muchachos y que se los trajese a su presencia. Cuando hubieron llegado, los
interrogó, y les dijo: ¡Mozos y niños, grandes y pequeños, que estáis congregados
aquí, en la sala de audiencia, considerad vuestra juventud! No imagináis que vuestros
lloros y vuestras lágrimas me decidirán a absolveros por escrúpulo de conciencia, o
que voy a poneros en libertad, mediante una intercesión o un regalo, como creéis, sin
duda. No habrá nada de ello, sino que os haré desgarrar muchas veces en tormentos
crueles, y perecer de mala muerte. No os hagáis ilusiones al respecto, diciéndoos unos
que sois hijos de familia, y otros hijos de pobre, y pensando que el juez se apiadará de
quien guste. ¡No! Yo os juro por el poder de mis dioses y por la gloria de mi soberano
el Emperador, que todos tantos como seáis, seréis condenados en este mismo día.
Decidme, pues, quién, de entre vosotros, ha matado a ese niño, ya que todos los que
estabais allí, lo conocéis. Ellos contestaron a una: ¡Oh juez, escúchanos, y advierte
que, unos respecto de otros, atestiguamos, bajo juramento, que somos inocentes! El
juez repuso: Os dije ya, y os repito ahora, que os háblo así, no en tono de amenaza,
sino de benevolencia. No encubráis vuestro delito, si no queréis perecer como ese
niño, sin que nada, ni nadie, os sirva de ayuda. Los muchachos replicaron: ¡Oh juez, te
decimos exactamente la verdad, tal como la conocemos! Y, no pudiendo saber quién
es el culpable, ¿por qué, mediante una mentira, entregaríamos un inocente a la muerte?
El juez refrendé: Os hará castigar severamente, y luego os haré parecer con muerte
cruel, si no me descubrís la verdad. Los muchachos insistieron, repitiendo: Juntos
estamos ante ti. Todo lo que nos mandes decir, y que sepamos, lo diremos. En Vista de
esta persistencia en la negativa, el juez, lleno de cólera, mandó que se los desnudase y
se los azotase con correhuelas crudas. Y el que era el matador del niño, intimidado por
el juez, lanzó un grito, y exclamó: ¡Oh juez!, líbrame de estas ligaduras y te indicará
quién es el matador del niño. El juez ordenó que se lo desligase, y, llamándolo a su
vera, con caricias y con buenas palabras, le dijo: Explícame puntualmente y por orden
todo lo que sepas. Y el muchacho expuso: ¡Escúchame, oh juez! Yo me encontraba
allí, separado y alejado de todos, y vi al pequeño Jesús, el hijo del viejo José el
extranjero, que, jugando, hirió mortalmente a ese niño de una pedrada y huyó, acto
seguido. El juez indagó: ¿Y habia contigo otros, cuando murió el niño, y son testigos
de que Jesús es el autor del hecho? Todos contestaron a una: Sí, él es. El juez dijo: ¿Y
por qué no me lo denunciasteis, tan pronto vinisteis aquí? Los muchachos dijeron:
Creíamos que hubiéramos procedido mal traicionándolo por ser hijo de un pobre
extranjero. El juez dijo: ¿Y os parecería preferible condenar a un inocente en forma
legal, a dejar libre al que era digno de muerte? Seguidamente, hizo arrestar a José, lo
interrogó y ordenó emprender pesquisiciones inútiles para hallar a Jesús. Empero,
cuando sometía a José a nuevo interrogatorio, Jesús entró súbitamente en el tribunal.
Muchas palabras de discusión y muchos altercados pasaron entre Jesús y el
magistrado, quien, finalmente, lleno de furia, mandó llamar a los muchachos y les dijo:
Reveladme la verdad de una vez, a fin de que quede yo bien informado. ¿Sois vosotros
los que habéis causado esta muerte, o es el pequeño Jesús? Ellos dijeron que éste era el
causante. Entonces Jesús resucitó al muerto y lo obligó a designar al verdadero
matador, como así lo hizo. Y descubierto por la misma víctima la realidad del caso,
Jesús colmó de reproches al juez. Y el niño conservé su vida hasta la hora de nona del
día, de suerte que todos tuvieron tiempo de ir a verlo resucitado de entre los muertos.
Después, Jesús, tomando la palabra, dijo al niño: Saul, hijo de Saivur, duerme ahora y
descansa, hasta que llegue el juez universal, que pronunciará un juicio equitativo. Y,
pronunciadas estas palabras, el niño, inclinando la cabeza, quedó dormido. Al ver lo
cual, todos los que habían sido testigos de tamaños prodigios se llenaron de pánico y
se dejaron caer como muertos. Y no se atrevían a mirar a Jesús. En la violencia de su
espanto, temblaban ante él y su sorpresa redoblaba en razón de la tierna edad del
taumaturgo. Jesús quiso retirarse, pero aquellas gentes le imploraban y decían: Vuelve
de nuevo la vida al muerto que has resucitado. Mas Jesús se negó a hacerlo y dijo: Si,
desde un principio, hubieseis creído en mi palabra, y aceptado mi testimonio, poder no
me faltaba para acceder al ruego que ahora me dirigís. Pero, puesto que habéis
conspirado para condenarme injustamente, y os habéis encarnizado y ensañado
indignamente contra mí, por medio de testimonios calumniosos, he resucitado a ese
niño, para oponerlo como testigo a vuestras imputaciones, y así he escapado a la
muerte. Y, esto hablado, Jesús desapareció de su vista. Y sacaron a José de su prisión
y lo pusieron en libertad. Y varias personas que, habiendo ido a buscar a Jesús, no
habían conseguido encontrarlo, suplicaban a José, y le decían: ¿Dónde está tu hijo,
para que vaya a resucitar otra vez al pequeñuelo? Mas José repuso: Lo ignoro. Y, al
día siguiente, al amanecer, se levantó, tomó al niño y a su madre, y, saliendo de la
ciudad, se puso en camino. Y Jesús tenía entonces seis años y once meses. Y llegaron
a una aldea llamada Iaiel, donde habitaron una buena temporada.
5. Y, un día, José y María tuvieron consejo con respecto a Jesús, y dijeron: ¿Qué
haremos con él, puesto que por su causa tenemos que soportar tantas molestias e
inquietudes de las gentes, en todas las poblaciones por que pasamos? Es de temer que
cualquier día se lo aprese a viva fuerza o a escondidas, y que nosotros perezcamos con
él. José dijo: Puesto que me interrogas, ¿has pensado tomar alguna resolución en el
asunto? María dijo: Bien ves que va siendo ya un niño mayor y que, sin embargo, anda
siempre por donde le parece, y no para un momento en casa. Si te parece, podríamos
dedicarlo a la profesión de escriba, para que quede bajo la dependencia de un maestro,
para que se ejercite en toda clase de estudios y en el conocimiento de las leyes divinas,
y para que nosotros vivamos en paz.
6. José dijo: Razón llevas. Cúmplase tu voluntad. María dijo: Si no se fija en parte
alguna para estudiar, siendo ya muy hábil y capaz de comprenderlo todo, no se
someterá a un maestro. José dijo: No temas por él, porque su aspecto está lleno de
misterio, y maravillosas, prodigiosas, sorprendentes son sus obras. Y he aquí por qué
vamos por toda la tierra, como nómadas sin patria, esperando que el señor nos
signifique su voluntad, y satisfaga, en beneficio nuestro el deseo de nuestros
corazones. María observó: Muy ansiosa estoy por lo que a eso respecta, y no sé lo que
sucederá más tarde. José repuso: Más tarde, en la hora de la prueba, el Señor nos
sacará de angustias. No te entristezcas. Y, después de estas palabras confidenciales,
calláronse ambos esposos.
De cómo la Sagrada Familia volvió a la tierra de Israel y aplicó a Jesús al estudio de
las letras
XIX 1. Y José, levantándose, tomó a Jesús y a María y los llevó a tierra de Israel. Y
llegó a una ciudad llamada Bothosoron o Bodosoron, donde había un rey, de raza
hebraica, que tenía por nombre Baresu, y que era hombre piadoso, misericordioso y
caritativo. Y, como José hubiese oído hablar de él con grandes loores, pensó en ir a
verlo y preguntó a los habitantes de la ciudad: ¿Qué carácter es el de vuestro rey? Y
ellos contestaron: Muy bueno. Entonces José fue al palacio real, y declaró su deseo al
portero, a quien dijo: Hombre respetable, quiero pedirte una cosa. El portero repuso:
Habla.
2. Y José expuso: He oído decir que vuestro rey es justo para los súbditos, benéfico
para los pobres y solícito para los extranjeros. Y extranjero soy, por lo cual me sería
muy grato verlo, y escuchar de su boca alguna palabra. El portero indicó: Déjame unos
momentos para anunciarme, entrar y luego introducirte. Porque bien sabes cuál es el
uso y la voluntad de los reyes y de los magistrados. La consigna es prevenirlos
primero y, después, ejecutar sus órdenes. Y el portero, habiéndose anunciado, fue
admitido cerca del rey, y éste mandó que se introdujese a José. El cual fue a
presentarse al monarca e, inclinándose, se prosterné ante él.
3. Y el rey lo recibió, diciéndole: Bien venido seas a esta corte, venerable anciano. Ten
la bondad de tomar asiento. Y José, después de sentarse, se encerró en el silencio, y
nada dijo. Y el rey lo trató con cuidado, ordenando que se les trajese una mesa
ricamente provista, ambos comieron, bebieron y se regocijaron. Y el rey preguntó a
José: ¿De qué país vienes, venerable anciano, y adónde te diriges? José contestó:
Vengo de una tierra lejana. El rey dijo: Te repito mi bienvenida, y te aseguro que haré
en tu obsequio cuanto me pidas. José dijo: Viejo y extranjero, he llegado y me placería
habitar en esta ciudad, en un lugar cualquiera. Poseo alguna habilidad en los trabajos
de carpintería, y lo que fuese necesario en el palacio real lo cumpliría en todo tiempo.
Entonces el rey prohibió que nadie lo molestase por su calidad de extranjero.
4. Y José, levantándose, se prosterné ante el soberano, y le dijo: ¡Oh rey, si en ello no
ves inconveniente, dedica a mi hijo al estudio! He sabido que hay en esta ciudad un
doctor, que educa a los niños, y que está dotado de mucho talento y de mucha
sabiduría. Confíale el cuidado de enseñar a mi hijo las letras, para que se instruya a
fondo en la ciencia de las Escrituras, de la Ley augusta y de los mandamientos de
Dios. El rey dijo: Sí, haré lo que me pides y cumpliré tu deseo. Pero, antes, es
necesario que traigas a tu hijo a mi presencia, para que yo juzgue si se halla capacitado
para abordar el estudio y el aprendizaje de las letras y de la ciencia, después de lo cual
lo entregaré y lo recomendaré a su profesor. Y José dio las gracias, y fue a llevar la
buena nueva a María, a quien hizo un vivo elogio del rey. Pero, en vez de regocijarse,
María se afligió y se espantó. Porque desconfiando de las buenas intenciones del rey,
temía que no hubiese pedido por traición ver al niño, para reducirlo a esclavitud. Y,
llorando, dijo a José: ¿Por qué declaraste al rey la existencia, el nombre y las buenas
cualidades de un hijo tuyo? Mas José replicó: ¡Por la vida del Señor, no tengas miedo!
El rey no me mandó llevarle al niño por felonía, sino por querer que, bajo sus
auspicios, un maestro le dé enseñanza e histrucción. María dijo: A ti te toca acabar de
cerciorarte de ello. Ahora, te entrego a mi hijo y más tarde te lo reclamaré! José dijo:
Llevas razón. María dijo: Si quieres presentar el niño al rey, llévalo a palacio,
conforme a tu gusto. Pero infórmate de antemano de cuanto toca a la seguridad del
niño y sólo entonces debes conducirlo a la presencia del rey. José dijo: Obraré según
tu voluntad. Y, tomando a Jesús, lo llevó ante el rey, que lo saludó con estas palabras:
Bien venido seas, niño, hijo del Padre y descendiente de un gran rey. Y mandó llamar
al doctor supremo, encargado de adoctrinar a los niños, y que había por nombre
Gamaliel. Y, cuando hubo llegado, el rey lo recibió con mucho afecto, y le dijo:
Maestro, quiero que te encargues de enseñar las letras a este niño, y todo lo necesario
para su sustento y demás gastos materiales lo recibirás del real tesoro. Y Gamaliel
preguntó: ¿De quién es este hermoso niño? Respondióle el rey: Es hijo de un hombre
deelevada familia y descendiente de real estirpe, y el viejo que aquí ves es su tutor.
Gamaliel dijo: Hágase tu voluntad. Entonces José, levantándose, se prosterné, tomó al
niño, y volvió con él a su casa, lleno de júbilo. Y contó todo lo ocurrido a María, y,
regocijándose, bendecía al Señor.
De cómo Jesús fue confiado a Gamaliel para aprender las letras.
Nuevos prodigios realizados por Jesús
XX 1. Y, al día siguiente, José fue con Jesús a casa de Gamaliel. Y, cuando el niño
vio al maestro, se inclinó y se prosternó ante él. Y Gamaliel dijo: Bien venido seas,
planta nueva, fruto suave, racimo florido. Después, preguntó a José: Dime, venerable
anciano: ¿Este hijo es tuyo o de otro? Y José respondió: Dios me lo ha dado por hijo,
no según la carne, sino según el espíritu. Gamaliel interrogó: ¿Cuántos años tiene?
José contestó: Siete. Añadió Gamaliel: ¿Lo has llevado, antes que a mí, a otro maestro,
para instruirlo, o para hacerle aprender alguna otra profesión? Y repuso José: No lo he
llevado a nadie. Gamaliel dijo: Y ahora, ¿qué quieres hacer de él? José dijo: Por orden
del rey y con tu aquiescencia, he venido aquí, atraído por la fama de sabio que te
circunda. Y Gamaliel replicó: Bien venido seas, venerable anciano. Guardo hacia ti las
mayores consideraciones, y siento mi ánimo sobrecogido y confuso, al conversar
contigo, y al hablar en tu presencia. Sin embargo, escúchame y te expondré la verdad.
Cuando miro a tu hijo, veo claramente en la hermosa expresión de sus rasgos y en la
bella semejanza de su imagen, que no necesita estudiar, quiero decir, que no necesita
oír o comprender las lecciones de nadie. Porque está lleno de toda gracia y de toda
ciencia, y el Espíritu Santo habita en él, y no puede de él separarse. José objetó: Pero
¿qué haré de él, sin la ayuda de un maestro que le enseñe una sola palabra de escritura?
Gamaliel le aconsejó: Dedícalo a un oficio manual, que coincida con tu interés a una
que con su inclinación. Al oír estas palabras, José se amohinó profundamente, y, con
lágrimas en los ojos, cayó a los pies de Gamaliel, y exclamó, suplicante: ¡Buen
maestro, sé paciente con mi hijo, y longánime conmigo! No me trates como a un
extranjero sin patria, y no me desdeñes. Encárgate con benevolencia de este niño.
Todo lo que Dios se digne concederle del don de ciencia, se lo concederá. Cuanto a
mí, te pagaré en cantidad doble el precio de tus desvelos. Y Gamaliel dijo: ¡Basta!
Haré lo que deseas.
2. Entonces el maestro tomó las tablillas que había traído consigo Jesús, y dijo:
Escribiré doce letras, y, si el niño es capaz de ajustarse y ordenarse las demás en la
cabeza, escribiré estas últimas hasta completarlas todas. José dijo: Haz como gustes. Y
el maestro se puso a escribir doce letras. Y Jesús, colocándose ante su maestro,
comenzó a observar primero las particularidades de la escritura, y después las letras.
Cuando el maestro las hubo escrito, entregó las tablillas a Jesús. Y éste, inclinándose,
se prosternó ante él, y recibió de su mano las tablillas.
3. Gamaliel expuso: Escúchame, hijo mío, y lee tal como yo te indique. Y comenzó a
nombrar las letras. Mas Jesús lo hizo observar: Maestro, hablas de tal suerte, que no
entiendo lo que dices. Esa palabra que acabas de pronunciar, me parece un término de
otro idioma, y no lo comprendo. Gamaliel repuso: Es el nombre de la letra. Jesús
objetó: Conozco la letra, pero dame su explicación. Gamaliel replicó: ¿Y qué
interpretación soportaría esta letra por sí misma? Jesús preguntó: ¿Por qué la primera
letra tiene otro aspecto, otra forma y hasta otra figura que las demás? Respondió
Gamaliel: Es para que, merced a esa circunstancia, hable a nuestros ojos, de modo que
la veamos bien, la reconozcamos bien, la discernamos bien, y luego podamos
determinar adecuadamente su sentido. Y Jesús dijo: Hablas con cordura y con acierto,
pero explícarne lo que te pido. Yo sé que toda letra tiene un rango definido, en que se
manifiesta su sentido misterioso, que es único y determinado para cada letra. Y
Gamaliel advirtió: Los antiguos doctores y sabios no han parado su atención en otra
cosa que en la forma de la letra y en su nombre. Jesús dijo: Lo sé perfectamente, y lo
que quisiera que me procurases es la explicación de la letra. El maestro interrogó:
¿Qué quieres significar con esa petición, que no comprendo? El niño contestó a esta
interrogación con otras tres: ¿Qué es la letra? ¿Y qué es la palabra? ¿Y qué es la frase?
Y Gamaliel se humilló, diciendo: Dejo a tu cargo la respuesta, porque yo la ignoro. Al
oír esto, José se indignó en su alma, y dijo a Jesús: Hijo mío, no repliques asi a tu
maestro. Comienza por aprender, después de lo cual, sabrás. Y, hecha esta
recomendación, se fue silenciosamente a su casa, y conté a María lo que había oído
decir, y visto hacer a Jesús. Y ella se entristeció mucho, y le dijo: Ya te advertí de
antemano que no se dejaría instruir por nadie. Mas José la tranquilizó, diciendo: No te
aflijas, que todo ocurrirá como Dios disponga. Y, al salir de casa del maestro, José
había dejado al niño en el mismo lugar que ocupaba. Y Jesús, tomando la tableta, sin
decir nada, se puso a leer, primero las letras, luego las palabras, y finalmente las frases.
Y deposité la tablilla ante Gamaliel, y dijo: Maestro, conozco las letras qué has escrito.
Ahora escribe por su orden las demás letras hasta completarlas todas. Y,
prosternándose ante Gamaliel, tomó otra vez la tablilla, y leyó de la misma manera
primero las letras, luego las palabras, y finalmente las frases. Y nuevamente deposité
la tablilla ante Gamaliel, y dijo: Maestro, ¿has acabado la serie de las letras que habías
comenzado a formar? Gamaliel repuso. Sí, hijo mío. He aquí sus nombres reunidos
ordenada e íntegramente. Y Jesús dijo: Maestro, todo lo que me has escrito, lo he
aprendido y lo sé perfectamente. Ahora, para mi instrucción, escríbeme otra cosa, a fin
de que la aprenda y la sepa. Y Gamaliel replicó: Pero dame antes la interpretación de
las letras, para que la conozca. Respondió Jesús, y dijo: ¿Tú eres maestro en Israel, y
no sabes esto? Respondió Gamaliel, y dijo: Todo lo que sé es lo que he aprendido de
mis padres. Y Jesús expuso: La letra simple significa por sí misma el nombre de Dios.
La palabra que nace de la letra, y que toma cuerpo en ella, es el Verbo encarnado. Y la
frase que se expresa por la letra y por la palabra, es el Espíritu Santo. De suerte que, en
esta Trinidad, la letra simple o Dios engendra la palabra o Verbo, que se incorpora al
Espíritu, el cual, al manifestarse, se afirma en la palabra enunciada.
4. Al oír estas cosas, Gamaliel lo miré, estupefacto ante el saber de que estaba dotado,
y le pregunté: ¿Dónde has adquirido la ciencia que posees? Yo pienso que todos los
dones del Espíritu Santo se han reunido en ti. Mas Jesús repuso: Maestro, vuelvo a
rogarte que me enseñes alguna otra cosa de aquellas que has prometido enseñarme. Y
Gamaliel dijo: Hijo mío, a mí es a quien toca convertirme en discípulo tuyo, pues has
aparecido en medio de nosotros como un prodigio, hasta el punto de que, poco ha, tus
compañeros de enseñanza me han pedido que te restituya a tu hogar, por ser
demasiado sabio para continuar entre ellos. Soy yo, repito, quien vuelve a rogarte que
me des una explicación de la escritura. Y Jesús dijo: Te la daré, mas tú no podrás
comprender este misterio, que está oculto a las intuiciones de la razón humana, hasta
que el Señor, que escruta los pensamientos en todo lugar y en todo tiempo, lo revele a
todos los nacidos, y reparta con profusión los dones del Espíritu Santo. Porque ahora,
por lo poco que has visto de mí, y escuchado de mis palabras, puedes conocerme, y
saber quién soy. Empero más tarde, oyendo hablar de mí, me verás y me conocerás. Y
Gamaliel murmuré entre sí: Verdaderamente, hijo de Dios es éste. Yo creo que es el
Mesías, cuyo advenimiento los profetas han anunciado.
5. Y Gamaliel llamé a José, y le dijo: Venerable anciano, razón tenías al manifestarme
que este niño no era hijo tuyo según la carne, sino según el espíritu. Y José preguntó a
Jesús: ¿Qué haré de ti, puesto que no te sometes al maestro? Respondió Jesús: ¿Por
qué te irritas contra mí? Lo que me ha enseñado lo sabía ya, y a las cuestiones que me
ha planteado no les ha dado solución. José repuso: Te he puesto a instruir, para recibir
lecciones, y para adquirir sabiduría, y resulta que eres tú quien enseña al maestro.
Jesús dijo: Lo que no sabía lo he aprendido, y lo que sé no necesito aprenderlo. Y
Gamaliel exclamé: ¡No hables más, porque me afrentas! Levántate, ve en paz, y que el
Señor te sea próspero.
6. Y Jesús se levantó sin demora, tomó las tablillas, se prosterné ante Gamaliel, y le
dijo: Maestro bueno, otórguete Dios tu recompensa. Y Gamaliel contesté: Ve en paz, y
realice el Señor tus deseos en bien tuyo. Y Jesús marchó a reunirse a su madre, la cual
lo interrogó: Hijo mío, ¿cómo has podido aprenderlo todo, en un solo día? Y Jesús
afirmó: Todo lo he aprendido, en efecto, y el maestro no ha sabido responder
satisfactoriamente a nada de cuanto le propuse.
7. Y José, que estaba muy entristecido por causa de Jesús, consulté a Gamaliel,
preguntándole: Dime, maestro, ¿qué haré de mi hijo? Y Gamaliel repuso: Enséñale
todo lo que concierne a tu oficio de carpintero. Y José fue a su casa, y, viendo a Jesús
sentado con las tablillas en la mano, lo interrogó: ¿Lo has aprendido todo? Jesús
replicó: Todo lo he aprendido, y quisiera ser profesor de niños. Mas José dijo: Como
sé que no quieres estudiar, aprenderás conmigo el oficio de carpintero. Y Jesús dijo:
Lo aprenderé también.
8. Y José había empezado a fabricar para el rey un trono magníficamente esculpido. Y
una de las gradas era muy corta, y no podía unirse proporcionalmente a la otra grada.
Y Jesús preguntó: ¿Cómo piensas arreglar esto? Y José dijo: ¿Qué te importa este
asunto? Toma el hacha, corta esta grada perpendicularmente, de arriba abajo, y
encuádrala regularmente en sus cuatro ángulos. Jesús observó: Sí, haré lo que me
mandes. Pero explícame lo que quieres hacer de esta madera que pules con tanto arte
por medio de cuerda, de compás y de medida. José replicó: Tres veces ya me has
interrogado sobre este trabajo, que no puedes conocer y comprender. Jesús insinuó:
Precisamente por ello, te interrogo y me informo, a fin de saber la verdad. Y José
explicó: Quiero construir un trono real para el soberano, y la madera de una de las
gradas resulta insuficiente. Jesús dijo: Házmela ver. Dijo José: Es este trozo de madera
que ves ante ti. Pregunté Jesús: ¿Cuántos palmos tiene de largo? José contesté: Uno de
los lados debe tener doce palmos, y el otro lo mismo. Y Jesús torné a preguntar: ¿Y
cuál es la longitud de esta pieza? José contesté: Quince palmos. Y Jesús dijo: Está
bien. Ve en silencio a ocuparte en tu obra, y no temas nada. Y, tomando el hacha,
Jesús partió en tres la madera que medía quince palmos. Y, cortándola por la mitad, la
dividió en dos troncos, puso el hierro sobre la madera, y se sentó. Y sobrevino .María,
y le dijo: Hijo mío, ¿has terminado la obra que comenzaste? Y Jesús no sin
indignación, repuso: Sí, la terminé. Mas ¿por qué me forzáis a aprender todo género de
labores? Verdaderamente, ¿necesito yo aprender nada? Y a ti, ¿qué cuidado te aprieta
a ocuparte de mí a costa de tanta agitación e inquietud? Y, después de hablar así, Jesús
se calló.
9. Y llegó José, y, viendo la madera dividida en dos partes, exclamó: Hijo mío, ¿qué
estropicio es éste, que tan grave perjuicio me causa? Jesús replicó: ¿Quieres decirme
qué he hecho que te perjudique? José repuso: Una de las dos maderas es demasiado
pequeña, y la otra demasiado grande. ¿Por qué las has cortado de tal modo que no se
adapten apropiadamente en sus dos lados? Y Jesús dijo: Las he cortado de ese modo
para que queden simétricas. Dijo José: ¿Cómo puede ser eso? Mas Jesús dijo: No te
disgustes. Agarra las piezas por sus dos lados, mide separadamente cada una de ellas,
y entonces comprenderás. Y José, tomando una de las dos piezas de madera, la midió,
y era doce palmos de larga. Luego, midió la otra pieza, y comprobó que daba la misma
longitud. Y la madera no era corta, en verdad, pero, en vez de quince palmos, tenía
veinticuatro, divididos en dos piezas de doce pies. Tal fue el milagro que Jesús realizó
delante de María y de José y en seguida, saliendo presuroso de la casa, fue a juntarse
con los niños de la población, en el lugar en que se encontraban reunidos. A su vista,
todos se acercaron alegremente a su encuentro. Y, puestos ante él de hinojos, lo
interrogaron, diciendo: ¿Qué haremos hoy, Jesusito? Y éste contestó: Si me escucháis,
y si os sometéis a mis órdenes, ejecutad exactamente cuanto os mande. Y ellos
clamaron a una: Sí, todos te somos afectos, y estamos sometidos a tu voluntad, en todo
lo que te plazca. Y Jesús les habló así: No violentáis a nadie, no devolváis mal por
mal, sed caritativos, y conducíos entre vosotros como amigos y como hermanos. Y
entonces yo también viviré entre vosotros con un corazón siempre ptesto a serviros. Y
los niños le besaban y le abrazaban con júbilo. Y había allí un muchacho de doce años,
que, a consecuencia de violentísimos males de cabeza, había perdido la luz de sus ojos,
y no podía andar con soltura, a menos que alguien lo guiase, llevándolo por la mano. Y
Jesús se apiadé de él, y, poniéndole la mano sobre la cabeza, le soplé en un oído. Y, en
el mismo momento, se abrieron los ojos del niño, que recobró su visión normal. Y los
muchachos que a tal milagro asistieron, lanzaron un grito, y marcharon a la ciudad a
contar el prodigio insigne de un ciego a quien había devuelto la vista Jesús. Y multitud
de gentes acudieron de la ciudad a verlo, mas no lo encontraron. Porque Jesús había
desaparecido, y se escondió, para no ser notado del público.
10. Algunos días después, José llevó al rey, ante quien se prosternó, el trono que había
construido. Y el rey lo vio, y quedó regocijado y satisfecho. Y ordenó que se diesen a
José, en abundancia, los recursos necesarios a su subsistencia. Y, recibiéndolos, José
marchó jubiloso a su casa.
11. Un día, el rey invitó a José a un banquete, al cual asistieron también príncipes del
más alto rango. Y comieron, bebieron y se regocijaron todos en la mayor medida. Y el
rey dijo a José: Anciano, voy a hacerte una petición, para que la ejecutes. José dijo:
Ordena, señor. Y el rey dijo: Quiero que me construyas un palacio espléndido, con un
salón muy elevado y de puertas a dos batientes. Le darás las mismas dimensiones a lo
largo que a lo ancho; pondrás, alrededor, lámparas y asientos; lo adornarás con formas,
contornos, figuras y dibujos elegantemente esculpidos; representarás, sobre los
capiteles, toda especie de animales; con el escoplo pulirás las superficies, y con el
cincel formarás ornamentos entrelazados; lo harás accesible por una escalera
sólidamente enclavijada; derrocharás todos los recursos del arte decorativo; emplearás
profusión de maderas macizas de todas clases; y, por encima, colocarás una cúpula
cimbrada, que establecerás sobre el plano de un templo, lo que sabes hacer a maravilla.
Y por tu trabajo, te daré el doble de lo que necesitas para tu subsistencia. José dijo: Sí,
rey, ejecutaré tus órdenes. Pero manda que me traigan maderas incorruptibles, para
que las examine. Y el rey dijo: Se hará como quieres.
12. Y el rey, con los príncipes de alto rango y con José, se dirigió a un sitio pintoresco,
en que había hermosas praderas, numerosas fuentes, un estanque en forma de
anfiteatro y una elevada colina al borde del agua. Y el rey ordenó a José que midiese el
emplazamiento. Y José lo midió a lo largo y a lo ancho, como el rey le había mandado,
y se puso a construir.
13. Mas, cuando quiso rematar la labor de la cúpula, hallé que una pieza de madera no
se ajustaba a ella, por ser demasiado corta. Y José, contrariado, no sabía qué hacer. Y,
en aquel instante, el rey sobrevino, y, advirtiendo la turbación de José, le preguntó:
¿Por qué estás preocupado y sin trabajar? Respondiéle José: He laborado en este
maderamen con gran esfuerzo, y salió fallida mi obra. Y el rey dijo: Mandaré que te
traigan madera más larga.
14. Y, estando en esta conversación, he aquí que se les acercó Jesús, el cual,
inclinándose, se prosterné ante el rey, que le dijo: Bien venido seas, hermoso niño, hijo
único de tu padre. Y Jesús preguntó: ¿Por qué estáis aquí tristemente sentados,
desocupados y silenciosos? Y el monarca repuso: Todo está acabado, como ves, y, sin
embargo, falta algo. Jesús dijo: ¿De qué se trata? El rey dijo: Mira esta madera
esculpida, y comprobarás que es demasiado corta, y que no encaja en la otra bien. Y
Jesús dijo a José: Toma el extremo de esta madera, y tenlo fuertemente asido. El rey,
fijando su mirada en Jesús, lo interrogó: ¿Qué vas a hacer? Y Jesús, tomando el otro
extremo de la madera, dijo a José: Tira en línea recta, para que no se note que esta
madera es demasiado corta. Y los allí presentes creyeron que el niño bromeaba. Mas
José tuvo fe en la voluntad de Jesús, y, extendiendo la mano, se apoderé de la madera,
y ésta se alargó en tres palmos.
15. Y, cuando el rey vio el prodigio que había hecho Jesús, temió a éste, se prosterné
ante él, y lo abrazó. Y lo cubrió con un vestido real, le ciñó la cabeza con una diadema,
y lo envié a su madre. Y José terminó todo el trabajo de la construcción. Y el rey, a
quien contento en extremo, gratificó a José con mucho oro y con mucha plata, y lo
remitió a su casa lleno de alegría.
16. Cuanto a Jesús, andaba siempre yendo y viniendo por los lugares que frecuentaban
sus amigos infantiles. Y éstos lo saludaban con mucho afecto, y se apresuraban a
cumplir cuanto él les mandaba.
17. Y, un día, Jesús, que había salido de su casa, recorría la ciudad silenciosamente y a
escondidas, para que nadie lo viese. Y he aquí que un muchachuelo, que lo divisé y lo
reconoció, lo sorprendió por la espalda, y agarrándolo, y zarandeándolo, se puso a
gritar: Mirad todos, y ved al niño Jesús, al hijo del viejo, al que hace tantos milagros y
tantos prodigios. Inmediatamente fue asaltado por el demonio, y cayó sin sentido al
suelo. Y Jesús desapareció, y él se vio tan maltratado por los malos espíritus, que
yació en tierra como muerto, durante tres horas. Y sobrevinieron sus padres, llenos de
susto y deshechos en lágrimas. Y lo levantaron, y discurrieron por toda la población en
busca de Jesús, mas no lo hallaron. Entonces fueron, llorando, al encuentro del viejo
José, para rogarle que Jesús librase a su hijo de los malos espíritus. Y, cuando Jesús
conoció su pensamiento, y supo que el niño clamaba también por su propio alivio, se
presenté a éste aquel mismo día, de súbito. Y el niño, cayendo a los pies de Jesús, le
pidió el perdón de sus faltas. Y Jesús le puso la mano sobre la cabeza y lo curó.
18. Y, días más tarde, Jesús, saliendo, se fue, como solía, al lugar en que los niños se
reunían para jugar. Y, al verlo, todos lo acogieron con mucha alegría, y lo recibieron
con gran honor. Jesús les preguntó: ¿Qué habéis deliberado y decidido que hagamos
hoy? Respondieron los niños: Pondremos como jefes nuestros a ti y a Zenón, el hijo
del rey. Nos dividiremos en dos campos, y uno de los bandos será tuyo, y del hijo del
rey el otro. E iremos a jugar a la pelota, y veremos cuál de los dos equipos triunfa en la
contienda. Jesús dijo: Bien pensado. Y todos, de una y de otra parte, se pusieron de
común acuerdo.
19. Y, en aquel paraje, había una vieja torre muy grande y de muros muy elevados,
delante de la cual se citaban siempre los niños de la ciudad para verificar sus juegos. Y
Jesús dijo a Zenón: ¿Qué te propones hacer ahora? Lo dejo a tu albedrío. Zenón
repuso: Dividámonos, de nuevo, y de común acuerdo, menores y mozalbetes, en dos
campos, y luego iremos juntos a jugar a la pelota. Jesús dijo: Haz como gustes. Y
Zenón, congregando a sus compañeros, los repartió en dos grupos, que avanzaron para
lanzar la pelota. Y Zenón, que tenía el primer turno. lanzó la pelota con tal brío, que,
remontándola a enorme altura, la hizo caer sobre la torre, a la que era muy difícil subir
y bajar. Mas, queriendo recuperar la pelota, emprendió el penoso ascenso, y Saul, hijo
del aristócrata Zacarías, se lanzó en pos suyo. Y, tomando la cesta del juego con sus
dos manos, le asestó por detrás un golpe en la nuca. Y Zenón cayó a tierra, desde todo
lo alto de la torre, y murió. Y Zacarías escapó con todos los muchachos que había allí,
y Jesús se ocultó a sus miradas, y desapareció también.
20. Entonces, un gran clamor se elevé en la ciudad, y por todas partes se propalaba que
los niños habían matado al hijo del rey, que con ellos jugaba. Al oír esto, todos los
habitantes se reunieron, y se dirigieron a la torre. Y el rey, los príncipes, los grandes,
los jefes, los dignatarios, los oficiales del ejército, el ejército entero, los parientes, los
amigos, los esclavos, los siervos, hombres, mujeres, íntimos, familiares y extranjeros,
todos los que sabían la noticia, se apresuraron a ir a la torre, llorando y dándose golpes
de pecho. Y, con gran duelo, se lamentaban sobre el niño, que tenía nueve años y tres
meses.
21. Después de pasar tres horas en llantos y en gemidos, el rey y su séquito abrieron
una información, y se interrogaban los unos a los otros, a fin de saber quién había
cometido el criminal atentado. Y todos dijeron a una: Nadie sabe lo que ha ocurrido
más que los niños que en este sitio se hallaban jugando. Entonces el rey ordené que se
levantase el cadáver de su hijo, y que se lo llevase al palacio. Y mandó juntar a todos
los niños de la ciudad, desde el mayor hasta el menor, y los llevaron a su presencia.
Cuando hubieron llegado, el rey comenzó por dirigirles palabras bondadosas, y les
dijo: Hijos míos, declarad quién de entre vosotros ha causado esta desgracia. Sé que no
habéis obrado adrede, y que esto ha ocurrido muy a vuestro pesar, y quizá sin vuestra
noticia: Los niños respondieron unánimes: ¡Oh rey, la razón te asiste! Pero ¿quién de
entre nosotros hubiera osado cometer esa acción homicida de matar al hijo del rey,
entregándose él mismo a la perdici.ón y a una muerte inevitable? El rey repuso: Os
dije que escucharíais de mí frases benévolas. Pero ahora os repito que procuréis no
exasperarme, y no encender en mi corazón la furia. Por el momento nada tenéis que
temer. Pero descubridme la verdad. ¿Quién es el autor del golpe que ha hecho perecer
a mi hijo con una muerte cruel y prematura? Si alguno me lo manifiesta, lo haré
compañero de mi trono, lo asociaré a mi grandeza, y a sus padres les daré poder y
rango. Los niños dijeron: ¡Oh rey, justo es tu mandato! Pero a la pregunta que nos
haces, contestamos, con toda veracidad, que ignoramos cuál de nosotros es el autor del
hecho. No tenéis más que dos salidas ante vosotros, y, si espontáneamente preferís la
vida a la muerte, evitaréis perder la primera en vuestra tierna edad. Temed los
tormentos y las sevicias que estoy decidido a ejercer sobre vosotros y sobre vuestros
padres. Descubridme la verdad sin ambages, y así escaparéis a una muerte cierta. Y
ellos contestaron: Henos aquí delante de ti. Lo que hayas de hacer, hazlo presto.
22. Entonces el rey hizo que se llevase a los niños a la puerta del palacio, y que se
colocasen entre ellos cantidades muy crecidas de oro y de plata. Y ordené al jefe de los
verdugos que agarrase una espada de acero, y que la hiciese brillar sobre la cabeza de
los niños que se acer casen a tomar su parte del tesoro. Y, luego que todos los niños,
uno a uno, fueron recogiendo su parte valientemente, y se retiraron sin miedo alguno,
se aproximó el matador del hijo del rey. Y, cuando vio relucir la espada en la mano del
verdugo, le entró repentino temor y temblor. Y, en el espanto que el arma le producía,
no pudiendo sostenerse ya sobre sus piernas, cayó al suelo de bruces. Y le
preguntaron: ¿Por qué temes y tiemblas? El niño repuso: Dejadme un instante, para
que me recobre, y recupere mis ánimos. Consintieron en ello, y lo interrogaron de
nuevo: ¿Te causa pavor la vista de esta espada? Y él asintió, diciendo: Sí, me
atemoriza mucho que me hagáis morir. Y el monarca indicó al verdugo: Mete tu
espada en la vaina, para no provocar pánico en el niño. Y éste después de un intervalo
de una hora, se levanté, y dijo: ¡Oh rey!, yo sabía quién es el asesino de tu hijo, pero
sentía escrúpulo de darte su nombre. El rey replicó: Dámelo, hijo mío, que vale más
que perezca el que es digno de muerte que no un inocente. Y el niño dijo: ¡Oh rey, tu
hijo ha sido muerto por el niño Jesús, el hijo del viejo! El rey, que tal oyó, quedó
estupefacto, y mandó que se requiriese a Jesús, y que se lo intimase a comparecer ante
él. Mas no se encontré a Jesús, sino sólo a José, a quien se detuvo, y se lo llevé al
tribunal. Y, habiéndose inclinado, y prosternado delante del rey, éste le dijo: ¡Bien me
has tratado hoy, anciano, en pago de los beneficios que te he hecho! ¡Por duplicado
acabas de pagarme mi benévola acogida! José repuso: ¡Oh rey, te ruego que no creas
en toda vana palabra que a tus oídos llegue! No te irrites contrá mí, a pesar de mi
inocencia, ni a la ligera y temerariamente me juzgues, pues no soy responsable de la
sangre de tu hijo. El rey replicó: Ya conocía yo tu espíritu de independencia y el
natural indómito del niño Jesús. Viniste aquí a tomar órdenes de acuerdo con tus
preparativos, y yo ejecuté cuanto fue de tu gusto. José suplicó de nuevo: Te repito, oh
rey, que no des crédito a mentirosas especies, ni me hagas reproches sin testigos en su
apoyo, porque no entiendo nada de lo que me hablas. El rey cortó el diálogo
exclamando: ¿Dónde está tu hijo, para que yo lo vea? José juró, diciendo: Por la vida
del Señor, ignoro dónde está mi hijo. Y el rey exclamó: ¡Muy bien! ¡Primero se
comete el homicidio, y después se busca la impunidad en la fuga! Y ordené que se
guardase estrechamente a José, y dijo a los suyos: Id a recorrer toda la ciudad, hasta
que encontréis al niño Jesús; arrestadlo, y conducidlo aquí bien custodiado. Y
discurrieron por todas las calles y por todas las afueras de la población, en busca de
Jesús, mas no lo hallaron, y volvieron a comunicar al rey el resultado negativo de su
pesquisición. Y el rey dijo a sus grandes: ¿Qué haremos de ese viejo? Porque ha
facilitado la huida de la madre y del hijo, y no se da con el paradero de este último.
Los príncipes manifestaron: Manda que ante nosotros comparezca el viejo, y
sometámoslo a otro interrogatorio, puesto que él sabe dónde están el hijo y su madre.
Y el rey dijo: Tenéis razón. No llevaré a mí la tumba, ni probaré bocado, ni beberé, ni
dormiré, antes de que la sangre de ese niño no haya compensado la del mío.
23. Y, cuando hablaba de esta suerte, y deliberaba con respecto a José, preguntándose a
sí mismo con qué género de muerte lo haría perecer, he aquí que el mismo Jesús en
persona vino a presentársele, e, inclinándose, se prosternó ante él. Y el rey clamó,
furioso: A tiempo llegas, niño Jesús, verdugo y matador de mi hijo. Mas Jesús repuso:
¿Por qué, oh rey, estás tan enojado? ¿Por qué tu corazón parece henchido de turbación,
de cólera y de furia? ¿Por qué me muestras un semblante tan descompuesto? No
emplees conmigo un lenguaje tan injusto: que no es digno de reyes, y de monarcas
poderosos, condenar a alguien sin testigos de cargo. El rey replicó: Si te declaro digno
de muerte, es sobre la fe de numerosos testigos. Jesús opuso: No basta. Ante todo,
infórmate, interroga, razona, y luego juzga en verdad y en derecho. Y, si soy digno de
muerte, haz lo que los jueces con poder legítimo hacen en estos casos. Pero el rey
contestó: No nos aturdas con vanos discursos, y dinos claramente lo que ha causado la
pérdida de mi hijo. Jesús redarguyó: Si crees en mi palabra, y, si aceptas el testimonio
que enuncio, sabe que soy inocente de ese hecho. Pero, si quieres condenarme
ligeramente y con temeridad, llama a tu testigo, y ponlo en mi presencia, para que yo
lo vea. El rey dijo: Tienes razón. Y, acto seguido, hizo comparecer al matador de su
hijo, a quien pregunté: Niño, ¿depones contra Jesús? El culpable respondió: Sí,
depongo formalmente contra él. Escúchame y te lo revelaré todo. Pero permíteme
hablar ante ti libremente. El rey dijo: Habla: Y el culpable se enfrentó con Jesús,
diciéndole: ¿No te vi ayer en el juego de pelota? Tú tenías la cesta en la mano; tú
subiste con Zenón a lo alto del muro, para recoger la pelota; tú le descargaste a dos
manos un golpe por detrás de la nuca; tú lo mataste, precipitándolo a tierra; y tú huiste
de allí en seguida. Jesús repuso: Está bien. Y, al oír esto, el rey, 1os príncipes, los
grandes, que estaban con él, y todo el resto de la multitud popular, dijeron: ¿Qué tienes
que responder a esta acusación? Contestando a la pregunta con otra, Jesús dijo: Y, en
vuestra ley, ¿qué hay escrito a este propósito? Y todos clamaron a una: En nuestra ley
está escrito: El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será
derramada. Y Jesús asintió, diciendo: Tenés razon.
24. Entonces el rey dijo: Indica cómo debo tratarte y con qué género de muerte te haré
perecer. Y Jesús dijo Siendo, como eres, juez de todos, ¿por qué me pides eso a mí? El
rey contestó: Sí, lo sé muy bien, puesto que puedo hacer lo que me plazca. Mas yo
exijo que se me descubra la verdad, para juzgar con rectitud, a fin de no ser yo mismo
juzgado. Jesús insinuó: Si quieres interrogarme sobre el hecho, dentro de las formas
legales, emitirás un juicio inicuo, sin saberlo. El rey exclamó: ¿Cómo así? Jesús dijo:
¿Ignoras que todo hombre que ha perpetrado un crimen jura en falso, por temor a la
muerte? Y los que, bajo juramento, atestiguan y deponen los unos por los otros, saben
muy bien quién es el culpable. El rey arguyó: Si el culpable no eres tú, ¿por qué
respondes siempre con un aluvión de palabras, declarándote inocente, y desmintiendo
a los demás? Y Jesús declaré: Yo también sé algo acerca de la causa de este crimen.
Pero todo el que ha cometido una maldad, se apresura a protestar de que no es digno
de muerte. Y el rey replicó: No entiendo lo que dices. Si quieres que crea en la verdad
de tus palabras, preséntame un testigo que responda de ti, y serás absuelto. Y Jesús
observó: ¡Si ellos hablasen con sinceridad! Ninguno de ellos ignora y cualquiera
puede, por ende, atestiguar, que soy inocente. El rey repuso: A ellos, y no a ti,
corresponde rendir ese testimonio. Jesús replicó: Su testimonio es falso y perjuro,
porque son amigos los unos de los otros, y yo soy un extranjero transeúnte y
desconocido en la ciudad. ¿Dónde hallaré el amigo benévolo que examine mi causa
con equidad, y que piense en hacerme justicia?
25. Y el rey dijo: Me atacas y contradices sin descanso, cabalmente en momentos de
tribulación, en que no puedo más que llorar, lamentarme y darme golpes de pecho.
Respondió Jesús: ¿Y qué quieres que haga? Heme aquí traicionado por numerosos
testigos, y puesto en tus manos. Haz lo que hayas resuelto hacer de mí. El rey dijo:
¿Por qué sigues enfrentado conmigo? Yo sólo te pido que me expliques la exacta
verdad, y sólo quiero oír de tu boca la razón de que me hayas devuelto con tamaño mal
la benevolencia que usé contigo. Y Jesús dijo: Si te decides a abrir una información
seria, y enterarte a fondo de las cosas, tu juicio será verdaderamente justo. Mas el rey
interrumpió: ¿De quién es el juicio justo? ¿Del que tiene un testimonio en su apoyo o
del que no lo tiene? Respondió Jesús: Del que tiene un testimonio sincero, y sobre él
juzga. Y el rey observó: Y cuando alguien depone en favor suyo, ¿puede juzgárselo, sí
o no? Jesús dijo: No. Y el rey añadió: Entonces, ¿por qué, deponiendo en tu propia
causa, pretendes ser inocente? Jesús replicó: ¡Oh rey, si reclamas de mí un testimonio,
opónme otro de la parte adversa, único modo de que se compruebe quién es el bueno,
y quién el perverso! El rey contradijo, diciendo: La ley ordena a los jueces no juzgar a
nadie más que sobre testimonio. Trae aquí tu testigo, como todos hacen, y te creeré. Y
Gamaliel, que estaba presente allí, tomé la palabra, y exclamé: ¡Oh rey, te suplico que
me escuches! En verdad, este niño es inocente. No lo condenes por las apariencias, con
menosprecio de la justicia.
26. Y toda la multitud clamé a gran voz: Ha sido discípulo tuyo. He aquí por qué
hablas de él en esos términos. Y de nuevo el rey dijo a Jesús: ¿Qué sentencia debo
pronunciar contra ti con justicia? ¿A qué suplicios te entregaré? ¿Con qué muerte te
haré perecer? Jesús contestó: ¿Por qué quieres intimidarme con semejantes amenazas?
¿Qué te propones, repitiéndome siempre lo mismo? ¿Y qué he de alegar en descargo
de mi persona? Si me juzgas conforme al uso legal, quedarás exento de toda falta.
Pero, si me entregas a la muerte de un modo arbitrario y tiránico, sin curarte de los
procedimientos de derecho, caerá sobre ti el terrible juicio de Dios. Y el rey dijo:
Varias veces te he perdonado con paciencia. Pero tú no sientes ningún temor de mí, ni
te espantan en modo alguno mis amenazas, ni te haces cargo de la inmensa tristeza que
me abruma. Respóndeme dándome un testimonio y escaparas a la muerte. Jesús le
respondió: Dime lo que debo hacer, y lo haré. El rey repuso: Ahora me apiado de ti,
considerando tu tierna edad, y me inspiras respeto, porque eres hijo de una gran
familia. Pero, de otra parte, no puedo soportar el dolor de la desgracia recaída sobre mi
hijo. Descúbreme, pues, al verdadero culpable, seas tú o sea otro. Y Jesús contestó: Me
he esforzado en vano en convencerte, puesto que no has dado crédito a mis palabras.
Y, aunque sé quién es el que merece la muerte, me he limitado a dar testimonio de mí
mismo, con exclusión de testimonio ajeno. Mas, ya que tanto insistes en que te
presente un testigo, voy a presentártelo. Llévame a la habitación en que yace tu hijo.
27. Y, una vez ante el cadáver, Jesús clamé a gran voz: Zenón, abre los ojos, y ve cuál
es el niño que te ha matado. Y súbitamente, como si hubiese sido sacado de su sueño,
Zenón se despertó e incorporé. Y, con una mirada circular, contemplaba a todo el
mundo, y se admiraba de la multitud de pueblo, que se hallaba allí. A cuya vista,
todos, padres y parientes, hombres y mujeres, grandes y chicos, lanzaron un grito, y,
con lágrimas y transportes de júbilo, lo abrazaban y lo besaban, preguntándole: Hijo,
¿qué te ha sucedido, y cómo te encuentras? El niño respondió: Me encuentro bien. Y
Jesús, a su vez, lo interrogó en esta guisa: Dinos quién ha causado tu muerte violenta.
Zenón respondió: Señor, no eres tú el responsable de mi sangre, sino Apión, el hijo del
noble Zacarías. Él fue quien, con su cesta, me asestó un golpe por detrás, y me hizo
caer a tierra desde aquella altura. Al oír esto, el rey y toda la multitud del pueblo,
fueron agitados por un vivo terror, y todos, llenos de miedo hacia Jesús, estaban
espantados, y decían: Bendito sea el Señor Dios de Israel, que obra con los hombres
según sus méritos y su derecho, y que procede como juez justo. En verdad, este nino es
Dios o su enviado. Y Jesús dijo al monarca: Detestable rey de Israel, ¿crees ahora
sobre mi palabra que soy inocente? Ya ves cómo me he procurado a mí mismo el
testimonio de que no soy responsable de la sangre de tu hijo, lo que te parecía una
mentira de mi parte. ¡Ah, mira a tu hijo, vuelto a la vida, sirviéndome de testigo, y
cubriéndote de confusión! Sin embargo, yo te había prevenido, y repetido una y otra
vez la advertencia de que abrieses los ojos, que no te dejases engañar por falsos
discursos, y que no creyeses en muchachos indignos de fe. No me escuchaste, y ahora,
tú y todos tus conciudadanos, lamentáis no haber sacado partido alguno de mi auxilio
testifical. Y Gamaliel intervino, para decir lo mismo que Jesús, y para echar en cara al
rey que no hubiese creído en sus palabras.
28. Y el hijo del rey permaneció con vida el día entero. Y, sentado en medio de
aquellos personajes, conversaba con los grandes y con los príncipes y les contaba
alguna visión sorprendente u otras maravillas prodigiosas. Todos, desde el más grande
hasta el más chico, fueron a prosternarse ante el hijo del rey, y a ofrecerle sus
servicios, hasta la hora en que, finada la tarde, cubrió la noche la tierra con sus
sombras. Entonces Jesús interpelando de nuevo al resucitado, le dijo: Zenón, hijo del
rey Baresu, vuelve a tu lecho, duerme y reposa, hasta el advenimiento del juez justo.
Y, apenas Jesús hubo así hablado, Zenón se levantó de su asiento, se acosté en su
cama, y quedé otra vez dormido. Y toda la multitud de gentes que vieron el milagro
operado por Jesús, presa de temor y de espanto, cayó al suelo, y todos permanecieron,
durante una hora, sin respiración y como muertos. Después, levantándose, cayeron
todos a los pies de Jesús, y, entre lágrimas, le rogaban que devolviese de nuevo la vida
al resucitado. Mas Jesús exclamó: Rey, el mismo caso que tú hiciste de mis palabras
dulces y benévolas, haré yo de tus intercesiones suplicantes y egoístas. Porque, en esta
ciudad, nadie ha pronunciado una sola frase en mi favor, antes al contrario, todos se
han concitado y reunido contra mí, y me han condenado a la última pena. Pero yo bien
te previne, advirtiéndote que mirases lo que hacías, y que más tarde te arrepentirías, y
no ganarías nada. Y el rey dijo: ¿Cómo hubiera podido reconocer en ti a un Dios
encarnado y aparecido sobre la tierra, para mandar en la vida y en la muerte como
dueño soberano? Y Jesús dijo: No es por tu causa, ni por mi propia vanagloria, por lo
que he devuelto a tu hijo la existencia, sino como respuesta a todas las vejaciones y a
todos los ultrajes que de ti he recibido. Mas el rey imploró otra vez: Escucha mi
plegaria y la de toda la multitud de mi pueblo, y haz que Zenón de nuevo resucite.
Jesús repuso: No temo a nadie, ni jamás inferí mal a hombre alguno. Y no efectué el
milagro en concepto de beneficio, sino para procurarme un testimonio que te diese a
conocer e identificase al matador de tu hijo. El rey insistió, lloroso: No te encolerices
contra mí, y no devuelvas con un mal el que yo te causé. Jesús contestó: Tus ruegos
son inútiles. Si hubieses atendido a mis palabras, yo tenía el poder de hacer este
milagro en favor tuyo, y en consideración a la bondad que habías usado conmigo.
Empero tú olvidaste, y no tomaste en cuenta el prodigio que ante ti realicé, cuando la
construcción de tu palacio, aumentando una pieza de madera en la medida que faltaba.
Así, pues, no te soy deudor de gratitud alguna, puesto que no has creído en mí, y has
anulado, con una manifestación de hostilidad, toda la benevolencia espontánea y todos
los obsequios amistosos con que me habías gratificado anteriormente. Y el rey dijo
todavía: Óyeme, Jesús. En el exceso de mi turbación y de mi duelo, no era
verdaderamente capaz de prever nada. Completamente aturdido y enloquecido, en
fuerza de llorar y a causa del tumulto, perdí la cabeza y el recuerdo de todo. Mas Jesús
respondió, diciendo: Que yo hubiese producido la pérdida de tu hijo, nadie de la
ciudad lo había visto, y nadie podía atestiguar, por tanto, que yo merecía la muerte. Y,
aunque efectivamente hubiera causado la pérdida de tu hijo, tampoco lo habría visto
nadie. Pero todos sabían quién era el matador, y no lo han denunciado hasta el
momento en que, resucitando al muerto, a todos los he confundido. Y, habiendo así
hablado, Jesús salió vivamente de entre la multitud, y se ocultó a las miradas de los
asistentes.
29. Y José fue sacado de la prisión, y puesto en libertad. Y varias personas fueron en
busca de Jesús, y no lo encontraron. Y se interrogaban los unos a los otros, y decían:
¿Quién ha visto al niño Jesús, el hijo de José? Lo buscamos, para que venga a resucitar
al hijo del rey. Y recorrieron todas las afueras de la ciudad, sin encontrarlo. Y muchos
creyeron en su nombre, y decían: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros. Y el
rey, todos los príncipes y los habitantes de la ciudad redoblaron su duelo sobre el niño
fenecido, y se afligieron aún más, después de la partida de Jesús.
30. Y el viejo José y su esposa María desconfiaban del rey y de su ejército, que podían
detenerlos a viva fuerza, y encarcelarlos. Y, aquella misma noche, salieron de su casa,
y huyeron de la ciudad, a escondidas y sin que nadie supiese nada. Al despuntar el día,
sin dejar de caminar, buscaban con la mirada al niño. Y aconteció que, yendo hablando
entre sí, y preguntándose el uno al otro, el mismo Jesús se llegó, e iba con ellos
juntamente y en silencio. Y, reconociéndolo, su madre le dijo, entre lágrimas: Hijo
mío, bien ves las pruebas que pasamos, cómo nos has puesto en mortal peligro, y
cómo tu inocencia te ha salvado. ¡Cuántas veces no te encarecí que no te reunieses con
desconocidos, ni con gentes de otra nacionalidad, que no saben quién eres! Jesús
repuso: No te aflijas, madre, porque cuando os persiguieren en una ciudad, huiréis a
otra.

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